martes, 1 de noviembre de 2016

lunes, 19 de octubre de 2009

MANOS VACÍAS


Nos quedamos casi al final del pasillo. La luz de estío entra fuerte por los vitrales de estilo rococó. La gente suda. Al fondo distingo a los familiares. Visten de negro. Miran impávidas al vacío. Hay una señora mayor y tres niños, sus hijos, me imagino. No hay cura, a pesar de que el lugar está en medio de una iglesia católica. Tampoco hay santos. Las personas están en silencio, algunas beben algo, en vasos de greda, se los traspasan entre sí. Los cuento con las vista y no deberían ser entre 12 o 15 personas, todas mayores, salvo los niños y un tipo rubio al final de otro pasillo. Miro a S, quien parece emocionada, casi dolida profundamente. Su respiración se ve agitada. Miro sus pechos, respiran al tono del silencio, turgentes, como amebas reproduciéndose. Me pasa el vaso de greda, la señora que me lo entrega me indica con kinésica que beba. Miro al interior y veo un líquido espeso de color azul. Lo huelo y tiene buen olor, algo así como mandarinas. El tipo rubio, de unos 30 0 35 años se acerca al féretro. Viste una casaca de cuero y jean gastados. Tiene el pelo largo amarrado con una coleta. Dice y cito: “las escuelas producen una mentalidad de esclavos, porque sólo una mentalidad de esclavos puede evitar que el sistema sea destruido…las escuelas producen números y lo peor de todo es que esos números quieren seguir siendo números…indulgentes con su propia miseria…la escuelas privilegian el dolor y la fuerza…y lo peor es que ese dolor se perpetua de generación en generación…amor, mi francesa de ojos azules, yo no quiero que ahora que estás viva en ese mundo extraño que llaman muerte, yo no quiero, no quiero te vuelvan reina”.

Fijo mi dirección en la madre de XAC, quien le tapa los oídos a la niña más pequeña y llora, llora, llora. Miro a S, quien se ve realmente resquebrajada, mustia, contraria a como la vi hace unos minutos en la calle. Me toma la mano, la sostengo, pequeña, blanca, como su ropa y helada, como si ella también hubiese muerto. Mueve sus dedos, pausados, mientras acaricia mis dedos, feos, delgados y pequeños. Traga un poco de saliva.

Nadie aplaude, pero por primera vez, desde hace mucho tiempo, me siento vivo. Muevo mi dedo pulgar por sobre el pulgar de S y me pregunto:¿Qué necedad me fue a ocurrir? ¿cómo decirles que en realidad XAC no está muerta?

Se prende una luz roja y lentamente el féretro comienza a descender unos centímetros. Automáticamente se enciende un fuego, una llama azulvioleta que lo comienza a cubrir. todo el feretro, con el antiguo cuerpo de XAC dentro. Pienso, empero:”ve en paz XAC…ve en paz…aunque los que estamos aquí seguiremos viviendo la miseria del día al día”.

El fuego lo cubre todo. Sostengo la mano de S y la siento aún más helada. Se aferra a mí y siento su olor a joven, ese olor que después se pierde, siento ese olor como a pan hecho en casa, crujiente, suave.

-¿Así es la muerte?

Asiento. Aunque me dan ganas de decirle que así es la vida. La ilusión de eso que llamamos vida, la ridícula ontogenia del ser, de hacer. La insoportable levedad de la vida, del amor; de los fantasmas que existen, que nos persiguen. Sin embargo asiento, sólo porque siento su mano en mi mano, sólo porque siento su olor en mi olor y después de eso no hay nada, porque nada existe.

De entre la gente, un señor muy mayor, viste de terno gris, cabello blanco, barba de misionero del IX, quien se instala al centro, muy cerca del féretro. La mira, la ausculta, como si estuviese siguiendo una presa. Palmotea el hombre del tipo de la coleta. Miro su cara, es hermoso, como esos tipos de hados masculinos. El anciano canta:

La boca del justo meditará la sabiduría,

y su lengua dará un juicio (...)

Dichoso el hombre que soporta la tentación,

pues tras ser probado, recibirá la corona de la vida (...)

Señor, Fuego Divino, (...) ten piedad

Oh, cuán santa, cuán serena,

cuán benigna, cuán hermosa, (...)

Oh, lirio de castidad (...)

Desde atrás, otra mano, también pequeña y de metal, abraza a S. Ésta se gira, sonríe y se besan:

- ¿Dime que no te vas a morir nunca amor?”- le susurra, mientras lentamente guardo mi pequeña mano en los bolsillos de mi pantalón.

Me quedo viendo al tipo, quien ahora canta en español, mientras pienso: Yo sé quien te mató.

Os iusti meditabitur sapientiam,

et lingua eius loquetur iudicium

Beatus vir qui suffert tentationem

quoniam cum probates fuerit accipiet coronam vitae

Kyrie, ignis divine, (...) eleison

O, quam sancta, quam serena

quam benigna, quam amoena (...)

O, castitatis lilium (...)