La doctora “G” los recibe en la puerta de la consulta. Sonríe mientras los hace pasar. La enfermera secretaria le entrega una bitácora de registro. No obstante ella, los reconoce. Hace sentar en la camilla al anciano identificado como A de C.O.G. La doctora “G” le grita amablemente para que el anciano pueda escuchar las instrucciones. La otra persona, una anciana, caucásica, 78 años, 1, 56 de estatura, que, según recuerdan los testigos, vestía una falda de franela color café oscuro, botas planas, y una abrigo negro, largo, de iniciales H.G.T. saca un cuaderno Auca cuadriculado, tapa roja, de 40 hojas, amarrado con una pita de plástico. Anota todo lo que dice la doctora “G”. Ésta le pide al paciente A. de C. que se desabroche la camisa. El anciano, a duras penas, se desviste. La doctora lo ausculta, le pide que respire, que inhale y exhale. En ese momento, hablan de cosas triviales, que H.G.T anota como si cada palabra fuese parte del chequeo. La doctora “G” le recuerda que luego harán los exámenes sobre el Alzheimer. H.G.T responde que no es necesario, que el cuaderno le ha ayudado mucho. Luego lo muestra, como si fuese un trofeo de guerra. La doctora sonríe, límpida y busca entre sus instrumentos el Esfigmomanómetro hasta dar con él. Luego, toma el brazo del anciano y le mide la presión, mientras registra los datos en la bitácora.
- Cuénteme, ¿cómo ha dormido?- En la última frase levanta la voz, recordando la sordera que padece el paciente.
El anciano se demora en comprender la pregunta.
- Casi no duermo, me duermo a las 9, cuando empiezan las noticias, pero ya a las dos horas estoy despierto de nuevo.
En ese momento, H.G.T lo interrumpe y le dice que es un mentiroso, que el otro día se levantó como a las 10 de la mañana y que no fue a trabajar.
- Eso fue a hace 7 años, doctora-hace una pausa, como si estuviese fresco en su memoria el hecho-… no quería ir no mah…me quedé a dormir.
La doctora sonríe, muestra sus dientes blancos, bien cuidados y sus pómulos adquieren un tono rosado, maternal. Suena el buzón de mensaje de la doctora. Lo mira. Dice: “Voy a virtolear”. La doctora se desencaja. Guarda violentamente las cosas y le pide a los ancianos que se vayan, que necesita estar sola. Entra la enfermera y la doctora le ordena que cancele todas sus consultas.
A. de C.O.G termina de vestirse en el pasillo. Tiene frío, pero no dice nada. H.G.T le pregunta si la doctora se enojó por algo que expresó. El anciano le responde que eso les pasa por ser pobre, que los médicos particulares no echan a sus pacientes. La esposa le dice que no se comporte como un rojo, que no sea resentido como los rojos. Caminan. Llegan hasta la Alameda. Lentos, como dos tortugas en el jardín. A esa hora, los oficinistas salen a almorzar. Los alumnos vuelven a sus casas y los café con piernas comienzan a llenarse de abogados y clientes. H.G.T dice que tiene hambre, que podrían pasar a tomarse un cafecito por ahí, pero A. de C, molesto aún, dolido, le dice que quiere volver luego a casa. La anciana farfulla un par de ideas ininteligibles y accede.
Caminan. Comienza a llover. Las gentes aceleran el paso. A. de C mira a su alrededor y todo se mueve muy veloz, a la velocidad de la luz. Caminan al metro. En la entrada, una señora con un bebé en brazos vende aspirinas y pastillas de menta. A. de C compra una tableta de aspirinas. La señora le dice que “Dios lo bendiga”, pero A. de C. no la escucha. A su alrededor, todo es murmullo, como si los muertos le hablasen del más allá.
Ambos bajan las escaleras y logran llegar hasta el andén. En los televisores muestran el trágico fallecimiento de una pasajera, quien cayó a los andenes del metro. A. de C no comprende la noticia, pero sostiene del brazo a H.G.T. ella, en cambio, saca su cuaderno y pregunta:¿Dónde tenemos que ir?. No obstante, su voz se confunde con el sonido eléctrico del metro que hace su llegada a la estación. Se estaciona. A. de C. estira su mano para atrapar la mano de H.G.T, pero las puertas del metro se abren y un mar de gente entra al vagón, arrastrando a H.G.T hacia el interior del metro. A. de C. la ve alejarse, como un astronauta perdiendo el control en el espacio exterior. Camina hacia su encuentro, relentizado. Grita:”Bájate en la otra estación”. Las puertas se cierran y ambos quedan frente a frente, en universos distintos. A.de C vuelve a gritar que se baje en la otra estación. De pronto, mira hacia el piso y ve el cuaderno Auca cuadriculado entre los pies de la personas, levanta la vista, mientras ve el rostro en blanco e inexpresivo de H.G.T perderse al ritmo uniforme del metro que parte.
A de C. camina unos pasos. Comprende, instintivamente, que no la verá nunca más, mientras a sus oídos, lejanos, siniestros, sólo escucha el murmullo de los muertos.
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