“Yo no quiero que a mi niña golondrina me la vayan a hacer reina”. Gabriela Mistral
La primera vez que vi a S se veía como todas las chicas: tímida, retraída, inteligencia vivaz, algo alegre, pero sólo un poco. Conversamos unos minutos, para ninguno de los dos eran gratas estas citas. miró mi oficina. "mínimal cutre"-reflexionó. Eché una mirada por doquier y me prometí que esta vez si ordenaría. Me dijo que le gustaba leer. Yo no le había aún preguntado nada. A estos chicos siempre les gusta leer. Le pregunté qué cosas. "Wittgenstein". Me dije: “mierda, estos pendejos siempre con sus cosas tan rebuscadas”. Ya nadie lee a Hesse. Luego un silencio. No tenía nada que preguntar, así que tuve que registrar sus datos. Tomé la carpeta. Desde pequeña había sufrido de ataque de asmas, la cual la tuvo bastante tiempo en tratamiento, pues era frecuente la bronquitis. Levanté la vista y le pregunté que por qué estaba reprobando en castellano si es buena lectora. Me respondió que la vieja no sabe ni una mierda de nada. La tuve que parar en seco. Nada de palabrotas en mi oficina. Me pidió disculpa. Luego y lentamente su ánimo cambió. ¿Qué tienes?- le pregunto. “Muchas cosas”- me respondió. “Ok, prefieres decírmelo tú o sigo buscando en tu hoja psiquiátrica”. “Esquizofrenia”. Le dije que teníamos que juntarnos por lo menos una vez por semana y que seguramente tendría que ir a verla a su casa. No puso repararos. Después hablamos de cosas triviales. En el fondo se veía que era una buena chica, pero siempre lo son. Toma sus cosas y se pone de pie. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”-esbozo, no quiero que me tome para un bueno para nada. Sonríe. Tiene lindos dientes. “Wittgenstein- reflexiona.
Antes de irse lanza una frase al vacío: “mi madre me está matando lentamente”.