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jueves, 17 de septiembre de 2009

GATÚBELAS ALBINAS

Perdón me, I´ve got someone to kill

Diamanda Galás

Me pidió que caminásemos e instintivamente la seguí. Guardo mi libro. Me pregunta qué leo. “El miedo a la libertad”- le miento; sin embargo, parece no percatarse y asiente con desdén. Sudo. Hace calor, de seguro la canícula en la urbe sobrepasa la treintena. Cierro mi oficina y salgo. “D”, la secretaria, me pregunta si vuelvo. “No”. Miro mi reloj y son las 16.22 horas. Ya en el pasillo, le pregunto a “S” que dónde estuvo durante este tiempo. “Virtoleando”- me responde. Intuyo a que se refiere. “¿Sola o con tu novio?-pienso un segundo-¿ o tienes novia?”. “A veces sola, a veces con alguien”. Trato de indagar sobre la doctora G, pero “S” me interrumpe: “¿Cómo me veo?”. En ese momento, me percato de su vestimenta. Miro su traje blanco, imitación de látex, porosa para que las células respiren, ceñido al cuerpo; corte recto, cortado a la altura de las rodillas; contrastando con su piel blanca, como si fuese una gatúbela albina. Balbuceo un “bien”. “¿Cómo se me ve el trasero”. Gira en 180%. Observo su trasero. Levantado, dividido perfectamente en dos hemisferios áureos. Repito “bien”. Vuelve a girarse y caminamos en línea recta. Un tipo en la esquina vende agua mineral, compro dos. Le pido a “S” que me espere, pero parece más concentrada en sus pasos. La tengo que alcanzar, corro un par de metros. Sostengo mi bolso de cuero para hacerlo más liviano, alcanzo velocidad promedio de 2, 3 metros por segundo. Apenas llego, le ofrezco el agua, pero me dice que no tiene sed. Reflexiona: “creo que debería pegarme, amarrarme a la cama para que no salga o ponerme un cinturón de castidad”. –

- “¿Por qué ella debería hacer eso?.

- ¿Cómo puedo protegerme del mundo si en mi casa no me enseñan las reglas?.

-¿Reglas?

-El mundo funciona con reglas. ¿Cómo crees que los imperios se fundaron, se mantuvieron?…¿por qué crees que creemos en Dios?...reglas…ella me tiene miedo, por eso me quiere matar…tiene miedo de que viva, de que no quiera su herencia…tiene miedo de que sea como ella…que me case por temor, que bese a otras mujeres, que me acueste con cien, doscientos o con mil…tiene miedo de que sea alguien en la vida…todos tienen miedo

Me detengo. La quedo viendo un segundo. Veo su rostro, delgado, fino, bello; sus labios de rojo contrastando con toda la fealdad de la ciudad. Al fondo, desenfocado, veo a la gente común y corriente. La vuelvo a mirar y le doy un golpe certero en la cara, con la palma abierta. La miro, me mira. Sonroja. Su rosado fuerte contrasta bellamente con sus labios rojos. De pronto, un tipo, se me acerca y me sostiene de las solapas.

- A los niños no se les pega…pídele perdón, pídele perdón.

Ella me mira, desafiante. Me quedo quieto, inmóvil. La duda y el temor se me vienen de golpe, especie de pánico.

- Estoy esperando…-susurra, tiernamente, como esos dibujos animados japoneses.

El tipo me zamarrea. Me desdoblo, me miro desde el cielo, como si fuese un ángel y siento lastima por mí.

- Pídele perdón a tu hija…- me grita, a quemarropa.

Esbozo un leve mugido, suplicante, anti espartano: “Perdón”.

Veo sus ojos brillando a contraluz del sol y una leve lágrima se asoma, apunto de escapar, mientras me susurra:”te perdono”. Acto seguido, el tipo, se aleja. Sólo le falta volar. Lo vemos alejarse hasta perderse y confundirse con las demás personas.

- ¡qué lástima!

- ¿qué lastima qué?

Se gira hacía mí. Desde el suelo parece una heroína. Blanca, radiante, sinuosa, como diosa olímpica.