“La civilización no dura porque a los hombres sólo les interesan los resultados de la misma: los anestésicos, los automóviles, la radio. Pero nada de lo que da la civilización es el fruto natural de un árbol endémico. Todo es resultado de un esfuerzo. Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo. Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde”. (José Ortega y Gasset)
Sólo hay una guerra que puede permitirse el ser humano: la guerra contra su extinción. (Isaac Asimov)
A.G.Y, 12 años, pero pronta a cumplir 13, contextura delgada, cabello rubio. G.T.Y, 12 años, delgada, lentes color rojo marca Armani. D.F.G, 13 años, alta y muy delgada, cabello largo, castaño claro y, al igual que las anteriores, ojos azules. D.F.T de 12, algo más gruesa, cabello rubio, ojos negros. D.U.T de 13 años, delgada, trigueña, muy delgada, ojos violetas. H.Y.I. 12 años, cabello rojo, tez blanca, delgada, ojos pardos. R.U.Y, hermana de A.G.Y, 11 años, contextura delgada, cabello castaño oscuro, ojos verdes y D.F.T de 12 años, delgada, tez blanca, cabello negro, ojos marrones. Se reunieron en el café “Roses & Cross” ubicado en calle Isidora Goyenechea 1223. Todas pidieron té de manzanilla, salvo A.G.Y quien, además, ordenó unas galletas de avena. Conversaron de cosas varias, especialmente de la maternidad responsable; de cómo las cosas caen, ingrávidas, mustias y de la energía solar. Luego, fueron a casa de D.F.G, dos pisos, piscina temperada, 245 metros cuadrados construidos. Vieron una película de Miyazaki. Las versiones son diferentes en esta parte de la historia, algunas dicen que “El viaje de Chihiro”, otras “Heidi”. Luego rezaron, se hincaron en los respectivos sacos de dormir y pidieron especialmente por A.G.Y. G.T.I. leyó un cuento en voz alta y todas, prestas, pusieron atención. R.U.Y exclamó que el cuento le había gustado muchísimo, aunque ninguna recordaba el título, empero sabía que se trataba de un hombre modesto, quien le llevaba una gallina a su hijo, ahora militar, pero el hijo, avergonzado de la condición pobre del padre, lo increpa. El padre debe volver a casa, herido; orgulloso de su hijo. D.F.T exclamó que “los padres deben ser un ejemplo para los hijos y que ese ejemplo “se traduce en el buen decir, el buen caminar y en el buen vestir”. Asintieron. Se dieron un beso en las mejillas y apagaron las luces. A.G.Y se demoró en dormir. Miró las estrellas y una de ellas cayó al vacío, muerta a años luz. Soñó con elefantes hindúes. Al día siguiente, sus compañeras la despertaron. A.G.Y se limpió los ojos, las abrazó con amor. Sólo la miraron, pero A.G.Y. sabía cuál era la inquietud y negó con la cabeza. Rezaron por A.G.Y. Luego bajaron a desayunar. En la mesa, H.F.F de 55 años, se alegró “de ver a tanta joven, lozana y bella juventud”. Pidió a Dios de que nada malo les pase en esta vida. Rozó sutilmente la cabellera de A.G.Y, pero esta bajó la vista y pensó en el peor de los pecados, la más terrible de las bestias: la virginidad perdida y se limpió los ojos. Las niñas se emocionaron con las palabras de H.F.F. Después se fueron a estudiar para su clase de crochet. Pusieron música de Haydn y cada una de ellas realizó sus ejercicios, con parsimonia, con sutileza. H.Y.I terminó primero así que sirvió el té. Posteriormente, les leyó el periódico desde su palm. Noticias terribles las acosaron. Un niño golpeó a dos muchachos mientras jugaban fútbol, y uno de ellos, está grave. Rezaron por el muchacho, pidieron por su alma. Almorzaron. Luego fueron a su clase de piano. El maestro, de iniciales T.G.U. concertista de la Universidad Católica de Chile, 43 años, casado, las instruyó en los ejercicios respectivos. Tocaron una sonata de piano de Schubert. Antes de irse, el maestro esbozó una pequeña queja sobre trabajar en vacaciones. D.F.G se excusó sutilmente y que cualquier “inquietud, zozobra e inconveniencia, la hablase con su padre”. Pero, finalmente fue el maestro quien se excusó.
Ya en la noche, leyeron párrafos escogidos de obras de José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 – Madrid, 18 de octubre de 1955). Luego, rezaron por A.G.Y, quien nuevamente tuvo problemas para dormir, pero esta vez soñó con alas. Alas color blanco y negro, de carne, de texturas traídas desde las indias. Al día siguiente, canícula de mediodía, ocurrió lo esperado. A.G.Y tuvo su primera menstruación. Las chicas rezaron. A.G.Y se alegró de ser, por fin, una mujer. Ahora podría comprar toallas, conversar de los dolores menstruales, ser lo que siempre quiso ser: MADRE.
Ese día, las clases de crochet, piano, caminar erguido y cocina tradicional fueron más entretenidas y, por fin, todas estaban en las mismas condiciones. En la noche rezaron, pero esta vez de agradecimiento. A.G.Y soñó con habichuelas mágicas.
Al día siguiente, todas realizaron las mismas rutinas. H.F.F, sin embargo, viajó a su fundo en Retiro, pequeña localidad de la Séptima Región. Las chicas cenaron y siendo apenas 15 para las 21 llegaron los dos menores, identificados con las iniciales, V.R.O y M.I.P, de 14 años, ambos delgados, no muy altos. Conversaron de poesía clásica y de Leandro de Fernández de Moratín y de política contingente. Ninguno entendía las reales motivaciones de Roland Reagan, ni de Bush, ni de Shimon Peres, ni siquiera las de Evo. Hablaron del futuro. Luego, se quitaron las ropas. Durmieron los diez juntos. Tuvieron relaciones de los tres tipos, según informes médicos: vaginales, anales y bucales. Las dos últimas innecesarias, pero aún así las tuvieron, ya que fueron los varones de sexo masculino quienes así lo pidieron. Sin embargo, la menor identificada como a A.G.Y. se negó a tener relaciones.
En la oscuridad de la noche lloró hasta quedar dormida. Soñó con escarabajos, escarabajos rojos acuáticos con olor a formalina, de plástico, de telas transparentes, de media pulgada. Al despertar, sólo sintió el cuerpo tibio de M.I.P durmiendo junto a ella, abrazado a su cintura. Se palpó la zona lumbar. Cerró los ojos y después la nada, la zozobra. Se vistió. No se despidió de nadie. Caminó a casa. Se duchó. Tomó sola sus clases de piano y se acarició el vientre. Sintió dos pies palpitar y caminar, correr por las estepas púberes de su bandullo. Se durmió nuevamente, pero esta vez soñó con las ocho niñas, madres de los hijos del futuro, de los sobrevivientes, de quienes serán las verdaderas herederas de las miserias del hombre, de los reinos, de las beldades; de las huellas y los mapas.
Las semanas siguientes prefirió seguir con su rutina diaria, sola, ensimismada. R.U.Y le preguntó si estaba molesta con algo o por algo. A.G.Y sólo atinó a decir que se sentía cansada, que prefería seguir con las labores en calma. De pronto, R.U.Y le mostró un pronosticón, de ninguna marca en especial y marcaba lo esperado. Sonrió, contenida, pero alegre. A.G.Y le preguntó por las demás chicas. R.U.Y señaló que se reunirían a ver los exámenes. R.U.Y le preguntó si ella se lo había hecho, a lo que la hermana, negó y que no quería hacérselo. Salió molesta de la habitación y se encerró a tejer y a pensar. R.U.Y en vano golpeó la puerta.
Cerca de la mediatarde, A.G.Y salió de su habitación, tomó el metro Escuela Militar y se bajó en Pedro de Valdivia. Caminó por la vereda norte, chocó con alguien en el puente, pero ninguno se pidió disculpas. Llegó hasta una casa, dos pisos, de cemento, ubicada en Pedro de Valdivia 2153. Tocó el timbre y preguntó por el menor identificado como M.I.P, pero la asesora del hogar le dijo que el joven no estaba recibiendo visitas, porque se encontraba indispuesto. A.G.Y le suplicó verlo. La asesora al ver las lágrimas asomar le dijo que preguntaría y así lo hizo. Al rato salió y la hizo pasar. A.G.Y subió las escaleras y desde el pasillo vislumbró la habitación del menor. Su corazón se agitó, las palmas de las manos se le helaron y sintió toser. Se asomó a la habitación. El menor M.I.P miraba por la ventana, al girarse, A.G.Y pudo ver las manchas azules que le cubrían el rostro. Ella le preguntó si tenía dificultades para respirar. M.I.P afirmó. Luego le preguntó si todavía producía semen. El menor negó y bajó la cabeza. A.G.Y intentó pedirle perdón, pero M.I.P se le adelantó y explicó que en realidad era su culpa, que no debió haber intimado con ella, tal cual la menor se lo había pedido, casi suplicado. Acto seguido se puso a llorar. Se sentó en la cama. A.G.Y se sentó junto a él. M.I.P preguntó si iba a morir. A.G.Y negó. Agregó eso sí que ya nunca más se le iban a quitar las manchas de la piel y que nunca, pero nunca más, va a poder ser padre, que ya no produciría semen, como todos los otros muchachos y que nunca más iría a la escuela de señoritas. M.I.P se refregó los ojos y se quedó en silencio. Luego ambos se quedaron conversando de cómo serían las guerras del futuro. Guerras que ninguno de sus hijos pelearían.
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